dissabte, 20 de desembre de 2008

El Capitalismo cortocircuita nuestro cableado moral

por Gary Olson


En un reciente artículo en el New Yorker, Naomi Klein observa astutamente que "El colapso de Wall Street debería ser al Friedmanismo lo que la caída del Muro de Berlín fue al comunismo autoritario, la reprobación a una ideología." Eso espero. El colapso del sistema financiero de 2008 ofrece una oportunidad excepcional para cuestionar ciertos supuestos subyacentes de nuestra economía capitalista de estado y su ideología neoliberal.

Durante los últimos años he escrito acerca de la investigación neurocientífica, la cual muestra que el cerebro humano está predispuesto para la empatía, la habilidad de ponerse en el lugar del otro. Se trata del descubrimiento del sistema de neuronas espejo (mirror neuron system or MNS), un hallazgo que para algunos científicos rivaliza con lo que el descubrimiento del ADN significó para la biología. Los detalles técnicos que muestran cómo la moralidad se halla enraizada en la biología, prefijada en nuestros circuitos neuronales via evolución y no por don divino no caben en este artículo. Pero nuestra comprensión aumenta a un ritmo exponencial y es convincente. Este mismo año, el magnífico libro "Mirroring People" (NY: Farrar, Strauss and Giroux, 2008) del neurocientífico de la Universidad de Los Angeles (UCLA) Marco Iacoboni hizo accesible esta importante investigación científica al público en general.

Sin embargo, no debemos subestimar las barreras a la apreciación de éstos descubrimientos por parte del público. En la cúspide de los malentendidos está la cínica, incluso desesperante, duda sobre la existencia de un instinto moral para la empatía. Desde las doctrinas del pecado original y Ayn Rand hasta Alan Greenspan y David Brooks, ciertas interpretaciones de la naturaleza humana han funcionado para invalidar las respuestas empáticas. En palabras del renombrado estudioso de los primates Frans B.M. de Waal "Necesitas adoctrinar a la gente eliminando la empatía para poder llegar a posiciones capitalistas extremas."

Sabemos que las culturas se crean para premiar a algunos y poner a otros en desventaja. Los capitalistas mantienen en parte su dominio creando, sutil pero activamente, las normas culturales prevalecientes en la sociedad. Los escritos de Antonio Gramsci nos recuerdan que este control se logra a través de los medios de comunicación, la educación, la religión y la cultura popular, haciendo que las clases subordinadas asimilen ciertas ideas como "sentido común." No es que no ocurran desviaciones individuales en los intersticios de la sociedad, pero generalmente éstas no amenazan al control de la élite.

Si asumimos que el cerebro humano, o más específicamente, el sistema de neuronas espejo antes mencionado, es el objetivo implícito de la propaganda de la élite, entonces el colapso económico actual nos proporciona una oportunidad sin precedentes.

Quizás nunca desde 1930 han sido nuestros ciudadanos tan escépticos sobre las creencias populares acerca de nuestro sistema socioeconómico. Es decir, se pone de relieve la narrativa cuidadosamente fabricada de la identidad de mercado capitalista y sus supuestos sobre la naturaleza humana.

La realidad económica no sólo ha desmoronado el modelo canónico del Homo economicus, sino que la robusta evidencia empírica ofrece prometedoras respuestas alternativas a las cuestiones básicas sobre la naturaleza humana. Entre paréntesis, otros muy bien considerados estudios transculturales revelan que el comportamiento en el propio interés predicho por el axioma del egoísmo simplemente no se materializa y la cooperación es la norma.

Por supuesto existen también impulsos predatorios y crueles en nuestra naturaleza, con sus propias correlaciones neuronales y orígenes evolutivos. Pero ahora sabemos que organizar una alternativa a nuestro vicioso sistema de hiperindividualismo "natural" mejorará las oportunidades de que afloren los aspectos empáticos de nuestra naturaleza. La historiadora social Margaret Jacobs me hace sentir optimista con su perspicaz observación: "Ninguna institución se encuentra a salvo si la gente simplemente deja de creer en las asunciones que justifican su existencia." En ello se encuentran nuestro reto y nuestra responsabilidad.

Gary Olson, Ph. D. es catedrático del Departamento de Ciencia Política del Moravian College, Bethlehem, PA.


Fuente: commondreams.org

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